¿Qué nos llevaba, entonces? ¿Qué fuerza nos empujaba hasta la línea que se traza con tiza en día de viento, hacia ese borde desesperado donde se muere todo, salvo el trabajo forzado del testigo?
La calle Zabala está arbolada y en primavera su sombra es la más densa. Hilitos de luz amarilla señalan fragmentos de tu cara. Ahora es tu boca el primer plano incomprensible de esta extraña película. Un trailer de años por veredas arboladas, un pasadizo entre el pequeño cuarto íntimo y la ancha calle oscura. Tu voz se alarga como un camino a recorrer. Tu mano me sostiene en la oscuridad del mundo en el que asomo, sin pedirlo. Ahora no podés volver atrás. Así sucede cuando algo se descubre, no hay manera, no hay chance de ocultarlo, de ocultarse.
sábado, 30 de agosto de 2008
martes, 15 de julio de 2008
siete
Hablamos de superficies en contacto. Decimos fuerza de rozamiento o fuerza de fricción entre dos. Hablo de fuerzas. Vemos la que se opone al movimiento -una sobre la otra- oposición de fuerza, fricción cinética. O esa que impide, en el inicio, los movimientos (fricción estática), nacida así, de imperfecciones microscópicas entre estas dos superficies en contacto, la fuerza débil que nos roza. Frotas.
Tribología llaman los griegos a su ciencia. Fricción, desgaste, lubricaciones. Para entenderla se requiere de algún empírico conocimiento. Sus materiales son siempre indóciles.
Como una ecónoma, se propone conservar sobre todo, la energía, lograr un movimiento más veloz, más preciso, incrementar la productividad y reducir al mínimo las tareas que implicarían mantenimiento.
Cuando invoca estas fuerzas, pone en juego un sistema. Lúbricas cosas.
Frotar la lámpara y que no haya al fin allí (aquí) un genio bueno que nos asista.
Tus manos húmedas frotan y rozo.
Tribología llaman los griegos a su ciencia. Fricción, desgaste, lubricaciones. Para entenderla se requiere de algún empírico conocimiento. Sus materiales son siempre indóciles.
Como una ecónoma, se propone conservar sobre todo, la energía, lograr un movimiento más veloz, más preciso, incrementar la productividad y reducir al mínimo las tareas que implicarían mantenimiento.
Cuando invoca estas fuerzas, pone en juego un sistema. Lúbricas cosas.
Frotar la lámpara y que no haya al fin allí (aquí) un genio bueno que nos asista.
Tus manos húmedas frotan y rozo.
miércoles, 25 de junio de 2008
seis
Su casa. Un cuidado desorden, un espacio que habita todavía. ¿Cuándo abandonamos realmente un lugar? Su casa, habitada por la muerte, frascos vacíos en la mesa de luz, papeles sobre la mesa. En un placard, cajas repletas de cartas y unos cuadernos amarillos de aroma húmedo, amargo, que penetra en las telas de la ropa colgada, planchada obsesivamente, agrupada de acuerdo a la estación. Su casa tan opuesta y simétrica a la mía. Soledad de mujeres, línea trazada con la leche de su pecho callado para siempre, quieto.
La imagen es estática, como una fotografía, no la anima ni el mayor esfuerzo que pueda realizar mi memoria. Sobre las teclas de su máquina, inclinada, o vencida sobre el escritorio de cedro oscuro, volcando tinta negra. Unas fintas nerviosas que se grababan en las hojas del cuaderno Rivadavia. Su vida ahí. Su historia fuera, hecha sin mí, desconocida. Apenas puedo revolver sin dolor este interior y el mío. Me voy dando un portazo que resuena doblemente con su eco en el pasillo, igual que entonces: para nadie.
La imagen es estática, como una fotografía, no la anima ni el mayor esfuerzo que pueda realizar mi memoria. Sobre las teclas de su máquina, inclinada, o vencida sobre el escritorio de cedro oscuro, volcando tinta negra. Unas fintas nerviosas que se grababan en las hojas del cuaderno Rivadavia. Su vida ahí. Su historia fuera, hecha sin mí, desconocida. Apenas puedo revolver sin dolor este interior y el mío. Me voy dando un portazo que resuena doblemente con su eco en el pasillo, igual que entonces: para nadie.
cinco
Y Copérnico la dotó de movimiento. En estos giros lentos de la tierra, se mueven todavía, en círculos, los hombres. Esa elipsis no vista. Este motor violento.
lunes, 23 de junio de 2008
cuatro
Los solos en el bar están más solos. La cena evoca siempre las traiciones. Mastico con desgano mi entrada en la orfandad. Cuestión de tiempo, de cenas en los bares en penumbras. Un movimiento casto de la boca, un desgano que traga, engulle, traga. Metabolizo renegando de las pérdidas. Mañana es otro día. El día que aún no es. Aún no, el día.
¿Quién desplaza, con un motor violento, la noche hacia su origen?
No depende de fuerza, sí depende de fuerza.
Quedarse aquí requiere el mismo peso inverso. Tracción a sangre. Rígido coágulo del tiempo.
¿Quién desplaza, con un motor violento, la noche hacia su origen?
No depende de fuerza, sí depende de fuerza.
Quedarse aquí requiere el mismo peso inverso. Tracción a sangre. Rígido coágulo del tiempo.
tres
Para que un cuerpo abandone su lugar natural, es necesario que sobre él actúe un motor,
-pensó Aristóteles- y llamó a ese motor: movimiento violento.
Creyó que todo movimiento de la naturaleza debería tener algún propósito: los cuerpos, animados o no, se agitaban bajo un impulso externo, de otro modo, quietos por naturaleza, tendían a volver a su lugar natural.
La piedra caerá al suelo y el caballo trotará hacia el establo, porque ésos son los sitios de piedras o caballos.
Sostuvo entre sus manos un guijarro. Extendió hacia el horizonte sus pupilas atentas, las fijó un largo rato en las ancas lustrosas, hasta que fueron manchas ínfimas y oscuras. Al compás de los rítmicos cascos fue entrando en el silencio de las estrellas fijas.
Limitado universo, eterno sólo entre sus vallas, con destellos que surcan las vidas de los hombres. Otra vez : todos y uno.
Lo pesado desciende, lo ligero se eleva, cada cuerpo según su natural destino. Movimiento violento, torrente contra el alma sencilla de las cosas.
Violencia de una fuerza que arrastrará los cuerpos en contra de un deseo natural de reposo.
Galileo, más tarde, diferenció los cuerpos del movimiento expreso. Entremezcló los términos: reposo, agitación, serán la misma cosa y sólo el cambio, el pulso cuando muta, reclamaría una causa. La Violencia en reposo, la quietud irascible de tu naturaleza.
Imagina estos cuerpos separados del ímpetu.
-pensó Aristóteles- y llamó a ese motor: movimiento violento.
Creyó que todo movimiento de la naturaleza debería tener algún propósito: los cuerpos, animados o no, se agitaban bajo un impulso externo, de otro modo, quietos por naturaleza, tendían a volver a su lugar natural.
La piedra caerá al suelo y el caballo trotará hacia el establo, porque ésos son los sitios de piedras o caballos.
Sostuvo entre sus manos un guijarro. Extendió hacia el horizonte sus pupilas atentas, las fijó un largo rato en las ancas lustrosas, hasta que fueron manchas ínfimas y oscuras. Al compás de los rítmicos cascos fue entrando en el silencio de las estrellas fijas.
Limitado universo, eterno sólo entre sus vallas, con destellos que surcan las vidas de los hombres. Otra vez : todos y uno.
Lo pesado desciende, lo ligero se eleva, cada cuerpo según su natural destino. Movimiento violento, torrente contra el alma sencilla de las cosas.
Violencia de una fuerza que arrastrará los cuerpos en contra de un deseo natural de reposo.
Galileo, más tarde, diferenció los cuerpos del movimiento expreso. Entremezcló los términos: reposo, agitación, serán la misma cosa y sólo el cambio, el pulso cuando muta, reclamaría una causa. La Violencia en reposo, la quietud irascible de tu naturaleza.
Imagina estos cuerpos separados del ímpetu.
domingo, 22 de junio de 2008
dos
Su rígida mueca entorpece el olvido. La boca semiabierta, adelantada como quien va a decirnos algo. Obnubila, ahora no hay otra imagen que ésta. Digita su recuerdo, más allá.
La sala, un vaho gris. La falsa luz de falsos cirios altos. Encaje blanco sobre las manos, me acerco y la delgada tela vibra apenas. Temblor finísimo de junco. Ya no se mueve, así se muere.
Un cristal biselado que separa.
Hablar. Fumar. Sonreír o desear -muy buenas noches-.
Dormitar hasta helarse en un verde sillón tapizado de cuero.
La sala, un vaho gris. La falsa luz de falsos cirios altos. Encaje blanco sobre las manos, me acerco y la delgada tela vibra apenas. Temblor finísimo de junco. Ya no se mueve, así se muere.
Un cristal biselado que separa.
Hablar. Fumar. Sonreír o desear -muy buenas noches-.
Dormitar hasta helarse en un verde sillón tapizado de cuero.
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